
La juventud es una enfermedad que se cura con los años”, decía el dramaturgo irlandés George Bernard Shaw. En México, Adolfo Lugo Verduzco, ex gobernador de Hidalgo, complementaba: “La juventud es la etapa de la vida en la que se aprende a vivir, pero también la de los errores”. Esa era la visión predominante en el siglo pasado: se asociaba la juventud con arrebato, falta de experiencia y la necesidad de “madurar” antes de poder participar en la política.
Hoy, la sociedad ha cambiado. La rapidez de los problemas, la exigencia de resultados y la complejidad de la vida cotidiana exigen energía, visión y compromiso, más allá de los años que alguien tenga. La verdadera fuerza de una generación no está en la edad. Está en su capacidad de transformar su entorno y responder a las demandas de su tiempo.
Las mujeres y los hombres que no han tenido juventud piensan en el pasado y viven en el presente. Por eso, los pueblos que avanzan lo hacen con quienes anticipan, innovan y se comprometen. La juventud es levadura moral de los pueblos: aporta ideas, energía y sentido de responsabilidad al servicio público. Sin esta capacidad de renovación, las políticas se vuelven rutinarias, previsibles y desconectadas de la ciudadanía. Es de pueblos exhaustos contemplar el ayer en vez de preparar el mañana. Hoy, más que nunca, la política exige liderazgos capaces de mirar hacia adelante, dispuestos a implementar nuevas ideas y generar cambios concretos que respondan a los desafíos actuales.
La política se estanca cuando lo nuevo se confunde con lo inexperto y lo joven con lo improvisado. No todos los gobiernos logran aprovechar la energía y la visión que la juventud aporta al servicio público. Cuando las ideas frescas no se canalizan con estrategia y objetivos claros, las políticas tienden a repetirse y la cercanía con la ciudadanía se debilita. No se trata de edad, sino de disposición para actuar, innovar y asumir riesgos de manera responsable. La verdadera juventud política solo produce cambios cuando se traduce en acciones concretas, planificación eficaz y resultados tangibles para la sociedad.
En contraste, algunos municipios han demostrado que la juventud política puede traducirse en resultados concretos. Pachuca, Tolcayuca, El Arenal, San Agustín Tlaxiaca, Singuilucan y Tecozautla muestran que lo joven no solo se mide por la edad del gobernante, sino por la frescura de las políticas públicas, la disposición para asumir riesgos y la capacidad de innovar en beneficio de la ciudadanía. Un entusiasta, expuesto a equivocarse, es preferible a un indeciso que nunca se equivoca. Gobernar con visión implica tomar decisiones valientes, aprender de los errores y transformar los desafíos en oportunidades para mejorar la vida de la población.
El impacto de la juventud se mide en resultados: transparencia, eficiencia administrativa, cercanía con la ciudadanía y capacidad de modernizar estructuras municipales. La política que no se oxigena se estanca; la que se renueva, responde y genera confianza. Hidalgo necesita gobiernos que preparen el mañana, que innoven y que actúen con determinación, y menos gobiernos que se conformen con administrar el ayer.
La sociedad y el pueblo son los únicos jueces del servidor público: ellos lo imponen como un deber y ellos lo someten a su sanción. Ningún discurso ni estrategia basada únicamente en años de experiencia reemplaza la necesidad de resultados concretos, cercanía con la ciudadanía y capacidad de transformación.
Hoy, más que nunca, debemos reconocer que las nuevas generaciones —no por edad, sino por visión y compromiso— son un bien para el servicio público. La política en Hidalgo necesita gobiernos municipales que preparen el mañana, que innoven y que actúen con determinación, y menos gobiernos que se conformen con administrar el ayer. La política que entiende esto se renueva y se fortalece; la que lo olvida, se estanca. La juventud no es una enfermedad, sino la oportunidad de renovar la esperanza en seguir construyendo un mejor futuro, aprovechando lo mejor de cada generación.